Credencialización Universal: Análisis Social y Desafíos
En el lapso de diez meses, entre marzo y diciembre, el Estado se ha autoimpuesto una tarea titánica: conjurar el fantasma de la desigualdad sanitaria mediante la emisión de una credencial universal de salud. El proyecto, en su enunciado, es una pieza de orfebrería social: dotar a cada ciudadano, desde el ejecutivo en su torre de cristal hasta el jornalero en el surco olvidado, de una llave idéntica para acceder al sistema de salud. Es la promesa de un censo final, el fin de la distinción burocrática entre afiliados y desamparados. Sin embargo, detrás de la ambición de la meta, se agazapa un laberinto logístico y político de una complejidad monumental.
La memoria colectiva es un archivo implacable. La sombra del Seguro Popular, desmantelado y aún lamentado por millones, planea sobre esta nueva odisea burocrática. Aquel sistema, con sus fallas y virtudes, representó para muchos el único anclaje a una red de seguridad médica. Su desaparición dejó un vacío que este nuevo programa pretende llenar, pero la pregunta fundamental resuena en los pasillos de hospitales y en las comunidades rurales: ¿es esta credencial el cimiento de un sistema verdaderamente integrado o tan solo un nuevo registro sobre las ruinas del anterior?
El desafío no es menor. Se trata de una operación de estado que exige una sincronía perfecta entre tecnología, capital humano y voluntad política. El primer frente de batalla es digital. La interoperabilidad de las bases de datos es, hoy por hoy, una ficción. El IMSS, el ISSSTE, los sistemas estatales de salud y los nuevos aparatos como el IMSS-Bienestar operan como feudos de información, con silos de datos que impiden trazar la historia clínica de un paciente que transita entre ellos. Construir los puentes digitales para que la nueva credencial sea más que un trozo de plástico con un nombre impreso requiere una inversión y una pericia técnica que no se han visto materializadas en el presupuesto.
El segundo frente es el humano. La credencialización masiva implica desplegar un ejército de funcionarios a lo largo y ancho de una geografía accidentada, para alcanzar a aquellos que viven precisamente en los márgenes que el sistema busca borrar. ¿Cómo se llegará a las comunidades indígenas donde no hay internet? ¿Cómo se registrará a los ancianos que desconfían de la burocracia o a los trabajadores de la economía informal que se mueven constantemente? Una campaña de información, por exhaustiva que sea, se estrella contra el muro de la desconfianza cimentada durante décadas de promesas incumplidas.
Pero el peligro más profundo yace en la confusión del medio con el fin. La credencial, advierten los críticos y los médicos en la primera línea, no es un bisturí, ni una cama de hospital, ni un médico especialista en un centro de salud rural. El acceso formal garantizado por un documento se torna una crueldad si, al cruzar la puerta del hospital, el paciente se encuentra con desabasto de medicamentos, equipos obsoletos y una lista de espera de meses para ver a un especialista. La credencialización puede, paradójicamente, generar una nueva forma de frustración: la de tener el derecho en la mano, pero la atención fuera del alcance.
Este programa no es, por tanto, una mera reforma administrativa. Es una apuesta política de alto riesgo para la administración en turno y un referéndum sobre la capacidad del Estado para cumplir su contrato social más básico. Su éxito o fracaso no se medirá en el número de credenciales impresas en diciembre, sino en la reducción de las historias de quienes mueren por enfermedades prevenibles, en la dignidad recuperada de quien recibe atención sin importar su cartera y en la confianza restaurada de un pueblo en sus instituciones. La pregunta que queda en el aire es si, al final de estos diez meses, el país estará celebrando el nacimiento de un sistema de salud equitativo o escribiendo el prólogo de una nueva frustración colectiva.
AAA.ABR.
Vortice Agencia de Noticias.
